En la Isla de Sao Vicente llegamos, al alojamiento Moreno’s en Mindelo bastante pronto, después de volver de la Isla de Santo Antao. Nos estaba esperando Elsa para darnos las llaves con una gran sonrisa. Estábamos contentos de volver a esta isla, ya que nos quedaban sitios por descubrir. Mindelo es una ciudad que nos cautivó nada más llegar. Tiene algo especial, no se muy bien cómo explicarlo ya que no tiene una arquitectura preciosa, ni rincones mágicos, pero emana un ambiente que llena y que nos hizo sentir muy cómodos.

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Camino de Calhau
El plan del día era irnos de excursión a Calhau, al otro lado de la isla. Teniendo en cuenta que es bastante pequeña, no iba a suponer una super excursión. Es una zona de pescadores a la falda de un volcán y con playa de arena blanca incluida. No hay mucho más, un paisaje realmente chulo, desértico y lunar, el océano y un solo restaurante donde poder abastecerte.
Cogimos un aluguer en la plaza Estrela, que es donde paran todos. No tardó demasiado en llenarse. Acostumbrados a este medio de transporte, nos lo tomamos con mucha calma y hasta Éric ha aprendido que aquí hay que tener paciencia.

A lo largo de los escasos 20kms del recorrido, los lugareños se fueron bajando en pequeñas aldeas y al final solo quedábamos cuatro guiris empeñados en descubrir otro rincón de Cabo Verde.
Comer en Calhau
Llegamos al medio día y decidimos que lo mejor era empezar por la comida. Como he mencionado solo hay un restaurante, el Hamburg, así que no hay mucha pérdida. Comimos bastante bien y en seguida Éric que a estas alturas del viaje no andaba muy fino de la barriga, se quedó dormido.
En plena solana (ya he mencionado que es bastante desértico) tuvimos que improvisar un lugar para que el peque durmiera en la playa. Como un superviviente, con un pareo, dos palos que encontramos, piedras y alguna cuerda. Conseguimos hacer un toldo para protegerle del sol y pudiera dormir. Nosotros emocionados y al ponerlo bajo el toldo no tardó ni medio minuto en abrir los ojos…¡era para vernos!

Emprendimos nuestra aventura en busca de animales entre las rocas. Descubrimos unas babosas bastante rarillas y estuvimos jugando un buen rato en el agua. Ya nos tocaba un momento así.El último aluguer salía a las 17h de Calhau. Como no teníamos ganas ni de pagar un taxi ni de volver a pie, lo cogimos y emprendimos la vuelta a Mindelo.

De vuelta en Mindelo
En este país hay muy pocos parques para jugar, prácticamente inexistentes. Descubrimos uno repleto de columpios que se llama Nhô Roque en el centro de Mindelo. Tiene hasta lavabos para los peques, la verdad es que nos sorprendió gratamente, por fin un sitio en condiciones para ellos. Lo malo es que como Éric andaba regulín, no tenía mucho ánimo de parque. Terminamos cenando bastante pronto en un restaurante muy cercano, el Elvis-Restobar. Un sitio recomendable sobretodo porque los precios son realmente asequibles y la calidad no está nada mal. Eso sí, una vez más tuvimos que dar rienda suelta a nuestra paciencia, el servicio lento no, lo siguiente…pero nada fuera de lo habitual en este país.
Al día siguiente Quim para no perder su costumbre, puso el despertador y como siempre nos levantamos antes de que sonara. Todo el viaje empeñado en lo mismo…es un tío de costumbres. El caso es que por la tarde salía nuestro vuelo para abandonar Sao Vicente y que nos llevaría a la casilla de salida, la isla de Santiago. Teníamos que salir del hotel sobre las 18,30h. Así que dejaríamos las mochilas allí y pasaríamos el día en la isla de Sao Vicente.

Último baño en la Isla de Sao Vicente
Llevábamos días debiéndole a Éric un rato de playa en condiciones y teniendo una tan chula cerca del hotel, hubiera sido un pecado no ir. De modo que tras el desayuno pusimos rumbo a la playa de agua celeste y arena blanca, la mejor de todo el viaje, la Playa Laginha de Sao Vicente. Al llegar vimos a un hombre en silla de ruedas junto a la caseta del socorrista.
Estaba esperando a que le acompañara al agua el socorrista. El problema llegó cuando tuvieron que sortear un escalón de arena que había al entrar en el mar y el socorrista solo no podía. Quim fue a ayudarle y por fin el hombre se pudo bañar tranquilo. Más complicada fue la salida, pero al final entre tres lo consiguieron, nos pareció un gesto muy chulo por parte del socorrista, ya que le estuvo acompañando en el baño todo el tiempo.
Pasamos una mañana muy divertida de playa, disfrutando como locos y jugando sin parar. Lo malo es que todo se acaba y antes de las 12h volvimos al hotel para poder ducharnos antes de la hora de salida.

Toca lavar la ropa
Pusimos rumbo de nuevo a la plaza Estrela, pero esta vez para hacer algo básico en todos los viajes, lavar la ropa. En esta plaza hay una lavandería, así que dejamos todo allí y nos dijeron que en unas 2h estaría preparado.
Fuimos a comer al mismo sitio donde cenamos el día anterior. Para nuestra sorpresa ese día estaba repleto de moscas y fue bastante molesto. Pudimos comer más o menos bien. Luego fuimos directos a una heladería donde por fin probamos los helados super cremosos de Cabo Verde. Tienen una textura extraña, incluso da la sensación de que no están tan fríos, no se qué llevan pero están muy buenos.

Nos volvimos a encontrar a Paco. Un chico entrañable del que hemos hablado en algún otro post de Sao Vicente. El caso es que debió de ver un filón en nosotros y esta vez nos pidió dinero para un taxi. No siempre puede ser.
Volvemos a la Isla de Santiago
Volvimos muy pronto al hotel, para escribir, relajarnos y aburrirnos bastante. A las 18,30h puntual llegó el taxi, rápidamente nos dejó en el aeropuerto. Nos daba pena irnos de Mindelo, poco a poco el viaje iba llegando a su fin.
En el aeropuerto de Sao Vicente compramos una especie de nuggets de pescado para cenar. Fueron una delicatessen para Éric, ya que se puso las botas. El vuelo normal, con Éric muy curioso, no paraba de preguntar para que servía cada cosa que veía. Consiguió que le explicáramos unas mil veces la hoja de instrucciones de emergencia.

De vuelta en Praia, nuestro anfitrión Viviani ni debía acordarse de nuestra llegada, así que tuvimos que esperar un buen rato. Le llamamos hasta que al rato se dieron cuenta de que había alguien allí. Viviani es un tipo encantador y nos llevó a lo que él considera la mejor habitación, la número tres. Y la verdad es que tenía razón, pero a esas horas estábamos reventados y solo nos quedaba dormir como troncos.
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