lunes, 11 de diciembre de 2017

Vuelta a Sao Vicente. Mindelo y Calhau

Llegamos al Moreno´s en Mindelo bastante pronto. Allí nos estaba esperando Elsa para darnos las llaves y recibirnos con una gran sonrisa. Estábamos contentos de volver a esta isla, ya que nos quedaban sitios por descubrir y Mindelo es una ciudad que nos cautivó nada más llegar. Tiene algo especial, no se muy bien cómo explicarlo ya que no tiene una arquitectura preciosa, ni rincones mágicos, pero emana un ambiente que llena y que nos hizo sentir muy cómodos.

De paseo por Mindelo
El plan del día era irnos de excursión a Calhau, al otro lado de la isla, que teniendo en cuenta que es bastante pequeña no iba a suponer una super excursión. Es una zona de pescadores a la falda de un volcán y con playa de arena blanca incluida. No hay mucho más, un paisaje realmente chulo, desértico y lunar, el océano y un solo restaurante donde poder abastecerte.

Cogimos un aluguer en la plaza Estrela, que es donde paran todos y no tardó demasiado en llenarse. Ya plenamente acostumbrados a este medio de transporte, nos lo tomamos con mucha calma y hasta Éric ha aprendido que aquí hay que tener paciencia.

¿Pensando en el próximo destino?
A lo largo de los 20kms del recorrido los lugareños se fueron bajando en pequeñas aldeas y al final solo quedábamos cuatro guiris empeñados en descubrir otro rincón de Cabo Verde.

Como llegamos al medio día, decidimos que lo mejor era empezar por la comida. Como he mencionado solo hay un restaurante, el Hamburg, así que no hay mucha pérdida. Comimos bastante bien y en seguida Éric que a estas alturas del viaje no andaba muy fino de la barriga, se quedó dormido. Así que ahí nos tenéis, a plena solana (ya he mencionado que es bastante desértico) tuvimos que improvisar un lugar para que el peque durmiera. A lo superviviente, con un pareo, dos palos que encontramos, piedras y alguna cuerda, conseguimos hacer un toldo para protegerle del sol y que durmiera. Nosotros todo emocionados y al tumbarle no tardó ni medio minuto en abrir los ojos...¡era para vernos!
A ver si encontramos el restaurante

El caso es que emprendimos nuestra aventura en busca de animales entre las rocas, donde descubrimos unas babosas bastante rarillas y estuvimos jugando un buen rato en el agua. Ya nos tocaba un momento así.

El último aluguer sale a las 17h de Calhau, y como no teníamos ganas ni de pagar un taxi ni de volver a pie, lo cogimos y emprendimos la vuelta a Mindelo.

Las barcas de los pescadores
En este país hay muy pocos parques, prácticamente inexistentes, pero descubrimos uno repleto de columpios que se llama Nhô Roque. Tiene hasta servicios para los peques, la verdad es que nos sorprendió gratamente,  por fin un sitio en condiciones para ellos. Lo malo es que como Éric andaba regulín, no tenía mucho ánimo de parque, así que terminamos cenando bastante pronto en un restaurante muy cercano, el Elvis-Restobar. Un sitio recomendable sobretodo porque los precios son realmente asequibles y la calidad no está nada mal. Eso sí, una vez más tuvimos que dar rienda suelta a nuestra paciencia, el servicio lento no, lo siguiente...pero nada fuera de lo habitual en este país.

Al día siguiente Quim para no perder su costumbre, puso el despertador y como siempre nos levantamos antes de que sonara. Todo el viaje empeñado en lo mismo...es un tío de costumbres. El caso es que por la tarde salía nuestro vuelo que nos llevaría a la casilla de salida, la isla de Santiago y teníamos que salir del hotel sobre las 18,30h. Así que dejaríamos las mochilas allí y pasaríamos el día en Mindelo.

El volcán junto al pueblo
Llevábamos días debiéndole a Éric un rato de playa en condiciones y teniendo esa tan chula cerca del hotel, hubiera sido un pecado no ir. De modo que tras el desayuno pusimos rumbo a la playa de agua celeste y arena blanca, la mejor de todo el viaje, la Playa de Laginha.  Al llegar vimos a un hombre en silla de ruedas junto a la caseta del socorrista, esperaba a que le acompañara al agua, el problema llegó cuando tuvieron que sortear un escalón que había al entrar en el mar y el socorrista solo no podía, Quim fue a ayudarle y por fin el hombre se pudo bañar tranquilo. Más complicada fue la salida, pero al final entre tres lo consiguieron, nos pareció un gesto muy chulo por parte del socorrista, ya que le estuvo acompañando en el baño todo el tiempo.

Pasamos una mañana muy divertida de playa, disfrutando como locos y jugando sin parar. Lo malo es que todo se acaba y antes de las 12h volvimos al hotel para poder ducharnos antes de la hora de salida.

Explorando
Pusimos rumbo de nuevo a la plaza Estrela, pero esta vez para hacer algo básico en todos los viajes, lavar la ropa. En esta plaza hay una lavandería, así que dejamos todo allí y nos dijeron que en unas 2h estaría preparado.

Fuimos a comer al mismo sitio donde cenamos, pero nuestra sorpresa es que de día está repleto de moscas y es bastante molesto la verdad, pero bueno pudimos comer más o menos bien y de ahí directos a una heladería donde por fin probamos los helados super cremosos de Cabo Verde. Tienen una textura super extraña, e incluso te da la sensación de que no están tan fríos, no se qué llevan pero están muy buenos.

Diversión para Éric

Nos volvimos a encontrar a Paco, ese chico tan entrañable del que os hemos hablado en algún otro post, el caso es que debió de ver un filón en nosotros y esta vez nos pidió dinero para un taxi...no siempre puede ser.

Volvimos muy pronto al hotel, para escribir, relajarnos y aburrirnos bastante...pero a las 18,30h puntual llegó el taxi que rápidamente nos dejó en el aeropuerto. Nos daba pena irnos de Mindelo, poco a poco el viaje iba llegando a su fin.

En el aeropuerto compramos una especie de nuggets de pescado para cenar, que fueron una delicatesen para Éric, ya que se puso las botas...el vuelo normal, con un Éric curioso que no paraba de preguntar para que servía cada cosa que veía y consiguió que le explicáramos unas mil veces la hoja de evacuación...

Disfrutando de la fabulosa playa
Ya en Praia Viviani ni debía acordarse de nuestra llegada, así que tuvimos que esperar un buen rato, llamando hasta que al rato se dieron cuenta de que había alguien allí. Viviani es un tipo encantador y nos llevó a lo que él considera la mejor habitación, la tres. Y la verdad es que tiene razón, pero a esas horas estábamos reventados y solo nos quedaba dormir como troncos.